LA MEMORIA PERDIDA DE NUESTROS MAYORES

Durante las legislaturas en las que gobernó Zapatero en España, entre 2004 y finales de 2011, surgió la demanda de recuperar la memoria histórica sobre la guerra civil española. Probablemente mal explicada, pero sobre todo, muy mal asimilada por la facción más conservadora del país, la memoria histórica se quedó a medias. Se acusaba a los que la defendían de querer ganar una guerra que perdieron, y se les conminaba a que había que olvidar el pasado, enterrarlo nuevamente.

Cuando comencé a recopilar información para escribir la novela, me entrevisté con mucha gente que había vivido aquellos días terribles. Me di cuenta del empobrecimiento que nos va a producir desconocer la historia vivida por nuestros mayores. Es más, sin importar la ideología de quien la contase. Como país, o como estado, es una tragedia. No me refiero ahora a recuperar los restos de tantas personas enterradas en fosas comunes, la historia trágica e injusta de mujeres y hombres víctimas del odio que produce la desesperación y el miedo. Que de eso también habría que decir mucho.

De lo que ahora quiero hablar es de esos niños de la guerra, que hoy tienen, los que aún viven, más de ochenta años, que están muriendo por causas ya de su edad, y que se llevarán a su tumba muchas historias cuyo conocimiento nos ayudaría a no repetir errores pasados, a hacernos más humanos, a pedirnos perdón por el mal que cada cual pudo causar. En lugar de aprender para no volver a caer en los mismos errores, seguimos optando por esconderlos bajo las alfombras.

Conversar con Lourdes, Eduardo, Rosario, Pepe, María, con tanta gente, me hizo conocer una parte de la historia, que conservo grabada, de lo que pasó. Aquellas tertulias que organizamos, en lugar de causar dolor, les produjo liberación, al poder interiorizar, racionalizar expresar, las duras vivencias que tuvieron aquellos años.

 Conversando con mi madre, próxima también a cumplir los ochenta, sobre esas vivencias, se produjo la sorpresa de que ella también quería hablar. Mi madre me contó muchas cosas que ella había vivido y que hasta ahora se había resistido a recordar, por el daño que le producía. Creo que aquello también la liberó de alguna forma, igual que a las otras personas. Con mi suegra pasó algo parecido. Estamos perdiendo la memoria de una generación irrepetible, que todavía estamos a tiempo de rescatar, aunque sea ya solo de una forma parcial.

La generación que nació en los años 30 del siglo pasado sufrió en directo ser niños de una guerra, y luego, los que sobrevivieron y no tuvieron que exiliarse, padecieron una dictadura de cuarenta años. Esta gente, después de haber visto morir a familiares, vecinos, de conocer el miedo, que aún tenían, a expresarse en libertad, levantó España en los años 60, y en su plena madurez, ayudó a que se transitara en paz hacia la democracia.

Esa generación que sufrió esa amputación de la esperanza que significó el atraso de una dictadura, se dejó la piel para buscar un futuro diferente para nosotros, sus hijos. Unos hijos que hemos vivido la opulencia de la cigarra, y que ahora los estamos dejando morir sin sanar su silencio y echando a perder sus conquistas. Unas conquistas duras, que se construyeron en ausencia de libertad y que hoy nosotros, sus hijos, nos empeñamos en destrozar. Precisamente por no haber asimilado el aprendizaje de que en una guerra todos somos vencidos.

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