MIRANDO AL ESTE

Hoy hace cinco años que comenzó mi modesta carrera literaria, con la presentación en el Palacio de los Marqueses de la Algaba de mi primera novela, Aquel viernes de julio. Llovía, como no podía ser menos en algo en lo que me estrenaba. El día de mi nacimiento tronaba, y así ha sido siempre que he decidido dar una vuelta de tuerca en mi vida y regresar a la casilla de salida.

Tiempo atrás de aquel 16 de noviembre de 2012, me había dado cuenta de que en mi profesión ya había hecho lo que tenía que hacer, que ese mundo gris y plomizo me era cada vez más ajeno, y que debía reorientar mi creatividad hacia otros frentes en los que pudiera continuar aprendiendo sobre la vida. La literatura fue el camino que elegí, un camino en el que la compañía es saludable pero no necesaria, y que me ha permitido seguir creciendo. Y, curiosidades que te encuentras, ha dado más profundidad a mi trabajo profesional, del que obviamente no me he podido separar, debido sobre todo a que Cincuenta sombras de Grey no se me ocurrió a mí, sino a otra persona.

En un día así, recuerdo a muchas personas. En primer lugar, a Concha Caballero, la mejor madrina que un autor neófito y madurito podría tener. No se me olvida aquel día en el que Eugenia y Curro me acompañaron a su casa a llevarle la novela y pedirle que me la presentara. Si creo que Andalucía está en la indigencia política se debe, sobre todo, a que personas como Concha no tuvieron en vida el reconocimiento que mereció. Así nos va.

Tampoco puedo olvidar a mis editores. Ruth, Ismael y Manuel, las cabezas visibles de Anantes, se lanzaron también desde ese trampolín bajo el que desconocíamos si había agua suficiente. Lo hicimos juntos y comprobamos que agua había, un océano entero que podríamos ir descubriendo sin miedo. Repetí dos veces más con ellos, y tengo el orgullo de formar parte de un catálogo del que cada vez más y mejores autores forman parte.

No puedo dejar atrás a alguien como Raquel Campuzano, compañera en mis dos primeras novelas, que tanto hizo por mí y porque las historias que tenía en la cabeza, algún pájaro guacamayo incluido, pudiera trasladarlas al papel de la mejor forma que mi escaso talento hacía posible. Y a Eduardo Jordá, maestro y amigo, que me hizo ver que elegir este camino podría merecer la pena.

Un día como hoy, tan propicio para detenerse a reflexionar sobre lo vivido, me siento realmente feliz, de los aciertos y de las equivocaciones cometidas, de las personas que me he encontrado en el camino y de lo saludable que es, aunque pueda ser doloroso, volver de vez en cuando a la casilla de salida.

Yo nací en el sur de la ciudad, y mis mudanzas me llevaron después al norte, más tarde al oeste y ahora al este, pero para trabajar siempre tuve que ir hacia allá donde sale el sol. Doy gracias a la vida por ponerme el amanecer siempre como dirección a la que conducir mi vida cada día. Cada día es para mí un momento para comenzar de nuevo, un tiempo en el que vencer las tinieblas de la noche, un norte que está en el este, un lugar hacia el que dirigirme y en el que confiar cuando se anticipan vientos de cambio.

Ahora tocan cruces de caminos. No importa que elija el camino equivocado si no dejo de andar. Y siempre podré mirar el sol para comenzar de nuevo.

PRESENTACIÓN DE AQUEL VIERNES DE JULIO EN UTRERA POR JOHN J. REEL

Una de las experiencias más interesantes durante este año de vida de Aquel viernes de julio es haber conocido a nuevas personas a las que admirar. Una de ellas ha sido John Julius Reel, el autor de «La Sevilla del guiri» que se publicó durante varios años en Diario de Sevilla,. Desde que nos conocimos no hemos dejado pasar una semana sin vernos, iniciando una amistad que esperamos perdure siempre. En estos encuentros he podido vislumbrar a una persona muy interesante, culta, profunda, que tiene un gran escritor dentro y que nos lo va a demostrar.

John me hizo el honor de presentar Aquel viernes de julio en Utrera. Aquí está lo que dijo. Ya me dirán si no le debo agradecimiento a sus palabras. Gracias, John.

UTRERA-2

Utrera, 13 de noviembre de 2013

Casa de la Cultura

Cada novela cuenta una historia, pero también se puede contar una historia sobre una novela.  Os voy a contar una historia real sobre esta novela, Aquel viernes de julio, de Manuel Machuca, que tengo el gran placer, esta noche, de presentar.

El agosto pasado estuve en Estados Unidos con mi familia.  Mi esposa sevillana, mis dos hijos pequeños y yo siempre viajamos muy ligeros a mi terruño, sabiendo que vamos a volver con el doble de las cosas con las que hemos ido.  Llevé el libro de Manuel conmigo, pues tenía ganas de leerlo desde hacía tiempo.  Quizás fuera miedo lo que me había impedido leerlo durante tanto tiempo – miedo a que no me gustara.  Me caía bien Manuel, y quería que su libro me cayera bien también, pero sabía que la posibilidad de eso era pequeña.   Es extremadamente difícil escribir una buena novela.  ¿Cómo podía ser que una persona tan ocupada en su farmacia y en su vida profesional como farmacéutico, dando clases y conferencias, con una reputación internacional, consiga – en su tiempo libre – lo que muchos autores escribiendo con plena dedicación no son capaces de hacer, al menos no con autoridad?  Estaba seguro de que, aunque me gustara la novela, no me iba a gustar tanto como para querer traerla de nuevo a Sevilla.   El espacio que ocupaba el libro en la ida lo ocuparía otra cosa en la vuelta.

Permitidme describiros dónde mi familia y yo nos quedamos cuando visitamos a mi país.  Es un pueblo pequeño llamado North Sutton.   Está cerca de Canadá, en el estado de Nueva Hampshire.    Más que rural, es silvestre.  Imaginad dos casas, la de mi hermano y la de mi madre, una apartada de la otra, ambas casi escondidas en cinco hectáreas de bosque.  Un riachuelo corre entre ellas.  Osos, alces y coyotes vagan libremente por la noche, y a veces durante el día.  Durante el invierno, la nieve cubre el suelo tres meses seguidos, pero en el verano el clima es caluroso, húmedo y exuberantemente verde.  Hay frutas del bosque por todas partes, ranas y tortugas y una infinidad de insectos de todos los tamaños.  Rebosa de vida tropical.  Dista mucho del calor seco y del jaleo de Sevilla.  A esta parte del mundo llevé la novela de Manuel, para dejarla allí para siempre.

Una noche húmeda, con los insectos repiqueteando contra la tela metálica de las ventanas abiertas, por fin la abrí, y después de un par de páginas, me transportó, me hizo cruzar de nuevo al Atlántico, de vuelta a la ciudad que estos días llamo mi casa, Sevilla. Pero a una Sevilla distinta, a Sevilla durante la Guerra Civil.  Una buena parte del libro tiene lugar en lo que es más o menos mi barrio, Amate, Nervión, Ciudad Jardín.  Ahora, por el libro, sé que en aquellos tiempos, aquella zona, salvo quizás Ciudad Jardín, la constituían principalmente grandes mansiones, huertas y campo abierto.  De repente, gracias a la novela de Manuel, viví aquella versión más antigua y revoltosa de Sevilla, y de mi barrio, con todos los sentidos. Conociendo además sevillanos, es decir, conociendo a sus personajes.  También me llevó al centro de la ciudad, y a la frescura de patios interiores, y a cárceles improvisados. Me hizo presenciara ejecuciones, querer mirar hacia otro lado.  Me costó creer que en la Sevilla que yo conocía y que reconocía en la novela, pudiera haber pasado por eso. Pero al final su libro me lo hizo creer totalmente.  Aún más importante,  me hizo ver cómo algunos sevillanos podían sobrevivir y otros no, y el por qué.

No voy a intentar meteros en el ambiente y argumento del libro; Manuel hace esto siempre con autoridad y elegancia.  Baste decir que, gracias a la intensidad, las imágenes y la destreza del libro, yo podía, durante mis vacaciones, vivir simultáneamente en dos mundos, dos mundos radicalmente diferentes: North Sutton, New Hampshire durante el verano de 2013; y Sevilla durante la Guerra Civil. Y aunque vivía uno en la vida real y en el tiempo real,  y el otro sólo lo vivía en la imaginación, no puedo decir que el primero acabara siendo más vívido.  Eso es un logro enorme para un novelista.   Manuel no sólo no me decepcionó,  sino que me impresionó. Tanto, que aquí está la novela. La traje de nuevo a Sevilla.  Había cientos de libros, grandes libros, libros en mi lengua madre, que podría haber traído en su lugar, pero quería este.   Ha ganado un puesto permanente en mi biblioteca personal.  Os apuesto a que también gana uno igual en la vuestra también.

 

DE QUÉ VA UNA NOVELA

Novela HistoricaCon frecuencia uno escucha comentarios acerca de novelas, en el sentido de su localismo o universalidad en función del lugar en el que se localiza la acción. Cuando el escenario es una ciudad poco significativa en el panorama nacional o internacional, se las tacha de localistas, y hay lectores de esa ciudad que la admiran simplemente porque son capaces de reconocer los sitios en los que los personajes se mueven, y tienen muchas dudas acerca de si la historia puede interesar a alguien que no viva, haya vivido o al menos, conozca esa ciudad con una cierta profundidad. De alguna forma minusvaloran el argumento y de la misma forma también, la ciudad en la que viven, puesto que la ven como un lugar en el que no pueden pasar cosas interesantes, o de interés para el mundo. Así, la novela puede encontrar lectores o no en función de ese espacio.Claro, si la trama se desarrolla en Nueva York, nadie tiene dudas de que el tema es universal y nos atañe a todos; y por el contrario, si los hechos se localizan en Huelva, no la va a entender nadie que no sea onubense, o como mucho, veranee allí.

Otras veces es el marco histórico en el que se desenvuelve el relato el que lo acota, y se define a una novela como de…,solo por el hecho de que se desarrolla en una época determinada, muy especial para el lector, odiada para unos, ensalzada para otros, que produce hartazgo para algunos o de la que nunca se cansarán de leer. Y se escuchan comentarios como esos de “me parece un tema manido” o, por el contrario “no me pierdo una de estas porque es una época que me interesa”. Así, si la historia se enmarca´, por ejemplo, en la Guerra Civil española, es una novela sobre la Guerra Civil, solo la pueden leer quienes estén interesados en la Guerra Civil y además tenemos que encontrar qué piensa el autor sobre la Guerra Civil para intentar clasificar sus ideas.

¿Cuáles son las claves, en mi opinión del localismo o la universalidad de una novela? Para mí, en modo alguno el lugar en el que se ubique la acción ni la época histórica en la que se desarrolle. Creo que la universalidad tiene que ver con los sentimientos humanos de los personajes, con su capacidad de ser creíbles y humanos, con sus diversas caras y aristas. En suma, con la credibilidad de sus comportamientos y actitudes.

La universalidad también tiene que ver con el argumento y su esencia más profunda. A veces la discusión previa debe ser contestar a una pregunta esencial: ¿De qué va realmente esta novela y cómo trata el autor el tema?

Hay novelas que se desarrollan en lugares muy modestos y sin embargo tratan temas universales. Recuerdo por no cansar, relatos de Truman Capote, Alice Munro o Juan Rulfo, que son grandes porque tratan de la esencia humana, y no se localizan en la Nueva York de Paul Auster, el Dublin de Joyce o la Viena de Josep Roth, por citar algunos autores. También hay relatos que se enmarcan en momentos históricos concretos y sin embargo, tratan de temas mucho más profundos que el tiempo en el que se desarrollan y utilizan el escenario simplemente de eso, de escenario. Todos podemos tener en mente muchos ejemplos, pero podemos citar las grandes novelas rusas de Tolstoi o Dostoievski, Romanticismo, de Manuel Longares, que trata de la transcisión española, o tantas otras.

Una prueba del algodón puede ser si a alguien que desconozca el lugar o el marco histórico le puede interesar la novela, y le puede emocionar. Cuando eso se da, podemos decir que aquello que se cuenta va mucho más allá de esos análisis locales.

Lamentablemente, hay otras novelas que, tratando de un tema universal, que nos puede interesar a todos, solo pueden entenderse por los paisanos del autor, porque no ha sido capaz de contra la historia de una forma en la que cualquiera de nosotros podría constituirse en personaje.Pero eso es, valga la redundancia, otra historia. Y una lástima, porque al autor se le ha escapado seguramente un buen argumento entre las manos.

Por tanto, creo que lo fundamental es cómo cuenta la historia el narrador, desde dónde mira lo que cuenta, y cómo hacernos ver que cualquiera de los personajes podríamos haber sido nosotros, si hubiéramos experimentado sus circunstancias.

Una buena novela podría ser una historia que nunca pasó, pero no por ello se debe dejar de ser fiel a la credibilidad y a la dignidad de los personajes, que se merecen todo el respeto del que los narra, y que debe ser capaz de sacar lo mejor de ellos.

Una buena novela puede y debe tener muchas lecturas. La de los diferentes lectores y las de los mismos lectores en momentos de vida diferentes. A eso le dedicaré otros post, pero todas deben partir de la humanidad de lo descrito y la humanidad de los seres imaginarios que forman parte de ella.

 

NUEVAS RESEÑAS SOBRE AQUEL VIERNES DE JULIO

WP_000521 (2)        Aquí os dejo dos reseñas que han salido en estos días sobre la novela. Mil gracias a los blogueros que reflejan su opinión sobre Aquel viernes de julio en la red. Es todo un estímulo para seguir mejorando. Aquí tenéis la del blog O Meu Cartafol. Muchas gracias

http://omeucartafoldelibros.blogspot.com.es/2013/06/aquel-viernes-de-julio.html#comment-form

La siguiente es del blog El búho entre libros. Gracias también por ayudarme a ser mejor escritor.

http://elbuhoentrelibros.blogspot.com.es/2013/06/aquel-viernes-de-julio-manuel-machuca.html

 

ESCRIBIR SE ESCAPA DE LAS MANOS

RELATORASEl viernes 7 de junio participé en una presentación de mi novela Aquel viernes de julio en la librería sevillana Relatoras. Relatoras es una interesantísima apuesta por la creación literaria realizada por mujeres. Situada en la calle Relator, entre la Plaza del Pumarejo y la Alameda, está en el corazón de la Sevilla cultural que apuesta por otra Sevilla, tan diferente de la que malvive asfixiada por sus tópicos, cual muerta en vida. Los barrios de la zona norte de Sevilla demuestran que hay una cultura viva en la ciudad, rompedora y abierta al mundo, como fue en su día esa otra moribunda y ensimismada, melancólica de un pasado que ya es solo eso, y que cuando fue, era todo lo contrario a lo que hoy representa.

El escenario en el que se ubica la librería es muy especial para mí, ya que por la esquina de la calle huía Rosario, perseguida por Borja Quincoces desde el Mercado de la calle Feria, en una de las escenas de la novela, y porque muy cerca, en el Palacio de los Marqueses de la Algaba, tuvo su presentación multitudinaria, ante unas trescientas personas, el día 16 de noviembre.

La presentación se enfocó en torno a los personajes femeninos de la novela. Introdujo Raquel Campuzano, a la que considero mi editora y con la que continuó trabajando con la próxima novela. Raquel me presentó de forma extraordinaria en Huelva unos meses atrás y quizás hasta se superase en Relatoras. Qué más puedo decir. Se nota que quiere a la novela, la siente suya también y es capaz de desbrozarla, descuartizarla y volverla a recomponer, darle la vuelta…En fin, todo número circense que se nos pudiera ocurrir sería capaz ella de realizarlo sin dificultad.

El debate sobre la novela resultó de lo más interesante. Analizamos la personalidad de Chari, de doña Amalia, de Mercedes y Lolita, de Josefina, de la pequeña Aurora. Discutimos sobre la cuestión de género y la social que conforman la esencia de la novela. Se resaltó la libertad de Chari al ser lo que era y su coherencia con la vida que le había tocado vivir. Se habló de los orígenes de la prostitución en la desigualdad social, a la que probablemente se vio abocada Chari, pero también la causada por la desigualdad de género, en la que estaban inmersas las mujeres de alta sociedad representadas por doña Amalia Alvear, y las niñas Villarrasa.

Estuvimos de acuerdo en que solo el doctor Inchausti ama de verdad, con amor entregado y sin un interés oculto. Las desigualdades social y de género también caían sobre él, causadas por esa homosexualidad imposible de vivir de manera libre en aquel entonces, y por el hecho de que solo sus estudios de medicina podían conferirle el papel de instrumento útil al servicio de la aristocracia sevillana.

Las aportaciones de las lectoras que allí concurrieron fueron de lo más interesante, y me hizo ver varias cosas que debo reseñar. Quizás diga lo mismo en todos los apartados, pero necesito contarlo de diversas formas:

a)      Una novela deja de ser del escritor en el momento en el que se publica: lo tenía claro antes y lo defiendo más ahora. Los matices, interpretaciones, en definitiva, la riqueza que adquiere una obra con el análisis particular de cada cual que se acerca a ella sería imposible de conseguir de otra forma y es una fuente de aprendizaje imprescindible para el escritor.

b)      Escribir se escapa de las manos. Escribir no solo es teclear, contar una historia bien argumentada de una forma creíble y coherente. Escribir tiene consecuencias que van mucho más allá de la historia contada. Se aprende mucho más de los personajes dibujados por uno mismo después de la publicación de la novela. Hasta el punto de que la opinión del autor es una más, y no necesariamente la más autorizada, para hacer un análisis de ellos. ¿Habrá algo más maravilloso que esto?

c)      No se puede escribir para uno mismo: o al menos, es un tremendo error, porque una novela se escribe para lectores, porque la compran y hacen ganar un dinerillo a toda la cadena implicada, pero sobre todo porque es una fuente de riqueza infinita. Por eso entiendo que ha sido un gran acierto caracterizar a los personajes a través de los diálogos, enseñar cómo son a través de lo que dicen, para que así una novela se convierta en muchas, en tantas como lectores puede tener.

d)      Y finalmente, una novela no es un artículo que se pueda comprar al peso. Con una prosa y una trama sencillas se puede construir una historia muy compleja, porque uno de los aspectos esenciales de dicha complejidad es la que aportan unos personajes imperfectos, capaces de lo mejor y lo peor y por ello tremendamente humanos. No hay complejidad sin personajes complejos; lo demás es un embrollo.

 Estoy feliz y creo que se me nota. Cuando terminé la novela me di cuenta de que esto no era un huevo que se echara a freír. Siete meses después, casi me da risa esa reflexión. Porque esto tiene tela, marinera.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL COMENZÓ AQUEL 18 DE JULIO

http://www.diariodesevilla.es/article/entrevistas/1432537/la/ii/guerra/mundial/empezo/aquel/julio.html

WP_000521 (2)Francisco Correal.Diario de Sevilla.06/01/2013.Este farmacéutico asegura que a las farmacias les ha ido “infinitamente mejor con el PSOE que con el PP”. Acaba de publicar su novela ‘Aquel viernes de julio’.Un farmacéutico del 63 que eligió una historia del 36. Hijo y esposo de farmacéuticos, Manuel Machuca (Sevilla, 1963) nació el  año que murió Cernuda y eligió 1936 para su primera novela. Eso en  química se llama enantiómero”. Aquel viernes de julio (Anantes), no es  su única dedicación literaria. Coordinó el libro Relatos de  Farmacéuticos que con prólogo de Fernando Iwasaki editó la Organización  de Farmacéuticos Íbero-Latinoamericanos (OFIL), que presidió entre 2010 y  2012. Preside la Sociedad Española de Optimización de la  Farmacoterapia. Colabora en la Fundación Pharmaceutical Care y tiene la  farmacia en Sevilla, marqués de Pickman.
-¿No le dijeron: otra novela sobre la Guerra Civil?

-El primero que me lo dije fui yo. ¿Dónde me estoy metiendo? No me interesa un tipo de público con un punto de vista excesivamente ideológico. Es una novela sobre la búsqueda de identidad. Una búsqueda muy conradiana.
-¿Es más de Proust o Stendhal que de Preston o Ian Gibson?
-Yo creo que sí. Cuando uno cumple cuarenta años, rompe con muchas cosas. En la Guerra Civil, como la esperanza de vida era mucho menor, imagino que eso pasaría con treinta años.
-¿Con quién están los farmacéuticos en la guerra?
-Por lo que he leído, casi siempre en el lado más conservador. Mientras su poder radicaba en los conocimientos, eran más progresistas. En la Revolución Francesa estaban con los revolucionarios. Cuando evoluciona a la distribución mercantil, a comerciante, se hace más conservador, aunque a las farmacias les ha ido mejor con el PSOE que con el PP, infinitamente mejor.
-¿Vendrá el copago? -Ya ha llegado. Lo que no ha llegado, y la Junta no está por la labor, es el euro por receta. Es el momento de plantearse la optimización de los medicamentos. A más esperanza de vida, la gente se medica más y tiene más problemas de salud. Está demostrado que sólo cuatro de cada diez tratamientos dan resultado, con lo que eso se traduce en ingresos hospitalarios, bajas laborales. Diseñamos nuevos medicamentos, pero no hemos desarrollado nuevos mecanismos fisiológicos, nuestro cuerpo es el mismo. -¿Dónde nace la trama de Aquel viernes de julio?
-En esta mesa de farmacia. Dos pacientes mayores, Lourdes y Eduardo, a quienes dedico la novela, me empiezan a contar las historias del chalet Villa Rocío, que llamé Villa Marismas. -¿Tiene algo de autobiográfica?
-Mi abuelo, que era telegrafista de la Policía, sale en la novela. A mi madre le ha molestado un poco. -Es farmacéutico de guardia en América… 
-Desde hace doce años, voy cinco o seis veces al año. Me han hecho profesor honorario en Buenos Aires, de la Academia Peruana de Farmacia. La novela la empecé a escribir en Medellín y la he presentado en Buenos Aires, donde lo hizo una historiadora que habló del exilio, y en Rosario, donde la presentó una poeta sevillana ciega que leyó poemas de Cernuda y Machado en braille.
-También la presentó en Estepa…
-De allí era mi padre. Le he dedicado un ejemplar a Rafael Escuredo, que le di a su cuñada Concha Ruiz-Tacgle, farmacéutica. -¿Hay segunda novela?
-Se llamará Esmeralda Roja, un tipo de perlas que se dan en el Amazonas. Últimamente voy mucho a Brasil. -¿Por qué?
-Mi tía Dora, que nació en Brasil, vino a vernos cuando yo tenía 10 años. Nos contaba unas historias alucinantes y lloré mucho cuando se marchó. Estuvimos un tiempo escribiéndonos y me mandaba libros y dibujos. Muchos años después me puse a buscarla. Tardé cinco años hasta que, con la ayuda de una colega brasileña, di con ella. Estaba Sao Paulo vacía porque todo el mundo estaba pendiente de la carrera de Fórmula 1 que se corría allí. El día que se disputaban el título Alonso y Hamilton y ganó Raikkonen. Creía que yo iba a reclamarle la herencia.  -¿Es hija de emigrantes?
-De almerienses que se fueron a Brasil. De Almería capital y de Adra, donde vivía el farmacéutico que me ayudó a hacer la tesis doctoral. -¿Estaba ahí el novelista?
-La tesis fue una novela. El primer día que quedé con este hombre era el puente del día de Andalucía y nos fuimos a la biblioteca de la Facultad de Farmacia de Granada. Aunque era amigo de la decana, el conserje no nos dejó entrar y nos fuimos a Hipercor. Decidimos que las siguientes citas serían en El Corte Inglés, que nos venía mejor. Cuando terminé la tesis, le mandé un ejemplar al dueño de El Corte Inglés, Isidoro Álvarez, que me respondió y me envió una pluma para firmar recetas. Creía que era médico. -¿Tanto viaje a América le ha aficionado al boom?
-El Vargas Llosa del principio me impactó mucho. Ahora me cansa un poco. Me gusta mucho Roberto Bolaño. Eduardo Jordá me aficionó a la literatura norteamericana, Cheever, Carver, Melville. Releo El corazón de las tinieblas de Conrad. La gitana de mi novela que le cambia la vida a Borja Quincoces sale muy poco pero está siempre, como el Kurtz de Conrad. -¿Se inspiró en Homais, el boticario de Madame Bovary? 
-La farmacia clásica nunca me atrajo. Si tuviera que ser formulista, de fórmulas magistrales, no sería farmacéutico. Soy muy patoso. Mi mujer me mandó hacer un puchero y lo desgracié. -¿Y el Carlos Larrañaga de Farmacia de guardia?
-Era el marido de la farmacéutica y daba una imagen penosa del gremio, que cualquiera puede llevar una farmacia.
-¿Que vio en América?
-Todo empezó en África. Me fui con mi mujer, Carmen, a Ruanda, en plena guerra de los hutus y los tutsis, durmiendo entre disparos. Vivíamos en Zaire, guardo billetes con Mobutu. Lo de América surge porque quería hacer mi pequeña contribución a la cooperación. Los conocimientos no pitan en aduana.
-¿Por qué la guerra atrajo a tantos escritores?
-Creo que la Segunda Guerra Mundial empieza aquel 18 de julio de 1936. Una guerra en un país con muchas desigualdades, feudal.
-¿Como Ruanda? -Y quería ser Alemania en muy poco tiempo. Con mucha incultura y una burguesía muy conservadora.
-¿Afición a pie de página? -El remo. He sido muy mal remero, pero entrené al Labradores y estaba preparando los Juegos de Barcelona cuando murió mi padre. -¿Su ciudad americana?
-Me gustaría conocer Asunción. He estado dos veces, pero hasta que no pateo una ciudad no la conozco. Me encanta caminar por Lima o Buenos Aires. Un día en Santiago de Chile me preguntó alguien en inglés por una iglesia ortodoxa rusa y le di la dirección exacta porque estaba junto al hotel Neruda donde me alojaba.

LO QUE DIJE O TRATÉ DE DECIR. AL MENOS, LO QUE PENSÉ DECIR

 

 

Dejo aquí mis palabras el día de la presentación en Sevilla, el 16 de noviembre de 2012, en el Palacio de los Marqueses de la Algaba. Más de 300 amigos estabais allí. Un día inolvidable

Quisiera empezar mi intervención por agradecer vuestra presencia aquí.

Hay muchas personas a quienes también tengo que darles las gracias y quiero empezar mi intervención recordando a quienes lo han hecho posible.

En primer lugar, quiero acordarme de Lourdes y de Eduardo, las personas que, sin pretenderlo, me dieron la idea que para crear esta novela.

En segundo lugar, y no por ello menos importantes, ¡ni mucho menos! A quienes me han acompañado en los quince meses de gestación de la criaturita, a pesar de que haya nacido ligera de peso. A otro Eduardo, a Raquel, a Juande, a Valeria.  Puede que haya quien, cuando llega el momento de publicar le da cierto apuro admitir que viene de talleres literarios. Para mí, en absoluto.  Aprendí muchísimo con Eduardo Jordá, a quien hoy echo de menos que no pueda acompañarnos; con Raquel Campuzano, profesora de literatura creativa en Taller de Palabras, a quien tantos consejos tengo que agradecer; con Juan de Dios Luna y Valeria Lorenzo, qué decir de mis compañeros, quienes sin duda tienen una parte importantísima en esta novela. Poder trabajar juntos ha sido un lujo impagable para mí.  Puedo decir que esta Aquel viernes de julio no sería lo que es sin sus aportaciones. Es más, estoy comenzando mi segunda novela y no he dudado en continuar con los mismos compañeros de viaje, y mejor acompañado, si cabe, con Irene, Ana e Isaac.

Y en tercer lugar, también ha sido una suerte poder contar con la confianza de la editorial Anantes para publicar el libro. Creo que Ruth, Ismael, y Manuel  han hecho un trabajo excepcional. Ha sido el primer hijo- novela para todos. Como padres y madres primerizos, nos hemos portado con mucha ilusión, y hemos mimado a la niña con trabajo, entusiasmo y ganas de hacer las cosas bien. La preciosa portada es buen ejemplo de lo que digo, con el azulejo que decoraba el antiguo Bar El Sport de la calle Tetuán.

La novela comenzó a gestarse a primeros de diciembre de 2010, cuando coincidieron en la farmacia, Lourdes y Eduardo, las personas a quienes he dedicado la novela. Se acababan de ver después de mucho tiempo y la conversación distendida de la que fui testigo, contando sus anécdotas de los años de la II República y la Guerra Civil, fue la causante de este lío en el que ahora estamos todos celebrando. Me hablaron de Villa Rocío y de las juergas flamencas que señoritos de Sevilla se corrían en los discretos chalets de Nervión, por aquel entonces en las afueras de la ciudad. En ese momento visualicé la historia que quería contar. Escribí un pequeño relato y Eduardo Jordá me dijo que la historia merecía una novela. Un relato que no funcionaba, como opinaba Raquel Campuzano, podía ser una novela.

A partir de ahí, organicé varias meriendas en la consulta de la farmacia con personas de más de 80 años, para que me contasen historias de su niñez. La memoria histórica de esos niños de la guerra nutrió mi imaginación. Una memoria que se está perdiendo por razones cronológicas y que para desgracia de los que nos quedamos, será muy difícil recuperar. Cuántas risas, añoranzas, amargura en aquellas meriendas, y cuánta tristeza y resignación también. Cuánta dignidad en la pobreza en estas personas humildes, que tuvieron que adaptarse a la vida tal y como les venía, y que no dudaron en tirar adelante, como han estado acostumbrados siempre quienes nunca tuvieron. Sus historias me emocionaron. Algunos trazos de estas historias en la novela. Y muchas de ellas serían una novela por sí mismas.

Luego, con mi complejo de investigador farmacéutico, y a pesar de que es una novela totalmente de ficción, traté de documentarme exhaustivamente. Para poder contar la verdad de lo que pasó. Como si hubiera una única verdad. Recuerdo de niño a mi abuelo, González, el telegrafista, que siempre hablaba de su verdad, como se decía en los pueblos.

Mantuve conversaciones con historiadores de la época, como Juan Ortiz Villalba, que tiene un magnífico libro sobre la Guerra Civil en Sevilla que hay que volver a editar. Lectura de novelas, ensayos y textos diferentes de autores como el recientemente recuperado Manuel Chaves Nogales, de Nicolás Salas, publicaciones de la Universidad de Sevilla… La magnífica hemeroteca de ABC de Sevilla en Internet. Películas de la época, o de la temática. Wikipedias, páginas webs especializadas, etc

Admito que me pasé y tuve que dar marcha atrás. Porque así como un investigador debe ser exhaustivo y demostrar que todo lo que dice es cierto, narrar es seleccionar.

Le puse FIN a la novela en la ciudad colombiana de Medellín, casualmente un 14 de abril, aniversario de la República española.

Aquel viernes de julio es una novela que trata de un tema universal. Un suceso brusco en la vida puede remover nuestros cimientos y seguridades, y hacernos caer en la cuenta de no saber quién realmente somos. Conocer a una mujer en medio del estallido de una Guerra Civil, desata ese sentimiento en Borja Quincoces, y la búsqueda de Rosario en medio de una ciudad levantada en armas, constituye en realidad la búsqueda de su propia identidad.

Creo que una novela es del escritor hasta que sale a la venta. A partir de ahí existen muchas novelas, las que a cada cual le surgen con su lectura. En el rincón de los lectores de la página web de la novela, www.aquelviernesdejulio.es , incluso en correo electrónicos personales, he podido observar sentimientos de lo más variados que han brotado con su lectura. Ha sido cuando me he dado cuenta de ya la novela había dejado de pertenecerme, y que pasaba a compartirla con todos y cada uno de los lectores, que llegaron a ella cargados con una mochila, similar a la que yo también cargo, la que ha seleccionado nuestra experiencia vital. Y como dijo Jean Paul Sartre, cada uno elegimos nuestro propio pasado.

¿Qué decir de “Aquel viernes de julio”? Yo destacaría la humanidad de sus personajes. Creo que no es una novela de buenos y malos. Y no es que haya pretendido, en un escenario tan espinoso como el de la Guerra Civil, pretender una equidistancia, una forma de, como escritor, colocarme por encima del bien y del mal. En absoluto. Creo que los personajes de esta novela son humanos,  en sus virtudes y en sus contradicciones, capaces de tener sentimientos nobles y de sacar lo peor de nuestra especie.

A veces, me da la sensación de que denostamos a quienes piensan de forma diferente a nosotros, como manera de legitimar nuestra posición. Creo que es un error. Todos encerramos múltiples contradicciones. Sorprende y parece inexplicable que alguien sea capaz de matar a un ser humano a sangre fría, en nombre de no sé cuál idea, y a la vez pueda amar y entregarse a otras personas. Qué difícil se hace comprender. Para tratar de verlo de alguna forma positiva, me quedo con lo que decía Nelson Mandela, cuando no cejaba en la tarea de ganarse a quienes le mantenían encarcelado y le torturaban: “Todos los seres humanos, incluso los que parecen tener la sangre más fría, tienen un punto de decencia. Si se les llega al corazón, son capaces de cambiar”. Quizás en una sociedad como la nuestra, tengamos que luchar por dirigirnos al corazón de las personas, por más que muchas veces se nos remuevan las entrañas con muchas cosas que están ocurriendo. Quizás sea esa la tarea de la sociedad, sentar las bases que hagan posible que cada cual pueda sacar lo mejor de sí mismo para la comunidad. Siguiendo la filosofía Ubuntu de la tribu de Mandela: solo podemos ser humanos en sentido pleno, a través de la humanidad de los otros.

Siento humanas la falta de decisión del doctor Inchausti y su afecto hacia Borja Quincoces; el egoísmo de este y su perseverancia por encontrarse a sí mismo, cueste lo que cueste; el desprecio por la vida humana de los que no piensan como ellos de Luis Tellería o Lalo Falcón y su generosidad hacia los suyos; la lealtad de Baldomero y su servilismo; el pragmatismo de don Ignacio y su incapacidad de franquear las barreras sociales que le atenazan. El miedo a la libertad del que hablaba Erich Fromm.

Y Rosario. Quizás la verdadera protagonista de la novela, aunque eso tendríamos que discutirlo. El alfa y el omega de la historia, a pesar de que su presencia física, como el Kurtz de la fantástica novela de Joseph Conrad “El corazón de las tinieblas”, esté casi únicamente en el pensamiento del resto de los personajes.

Termino ya. Espero que leáis la novela los que aún no lo habéis hecho y me  contéis lo que os ha parecido, en el Rincón de los lectores que tenemos en la página web de la novela, www.aquelviernesdejulio.es Me gustaría conocer vuestra novela y seguir aprendiendo de vuestras aportaciones. Os animo a que sigáis la página de Facebook Aquel viernes de julio, y a los tuiteros a seguir a @viernesjulio.

Nada más por ahora. Creo que es vuestro turno en este momento, si tenéis alguna curiosidad, alguna pregunta que contestar. Prometo responder, siempre y cuando no me preguntéis por el final.

Muchas gracias por estar aquí.