PRESENTACIÓN DE AQUEL VIERNES DE JULIO EN UTRERA POR JOHN J. REEL

Una de las experiencias más interesantes durante este año de vida de Aquel viernes de julio es haber conocido a nuevas personas a las que admirar. Una de ellas ha sido John Julius Reel, el autor de “La Sevilla del guiri” que se publicó durante varios años en Diario de Sevilla,. Desde que nos conocimos no hemos dejado pasar una semana sin vernos, iniciando una amistad que esperamos perdure siempre. En estos encuentros he podido vislumbrar a una persona muy interesante, culta, profunda, que tiene un gran escritor dentro y que nos lo va a demostrar.

John me hizo el honor de presentar Aquel viernes de julio en Utrera. Aquí está lo que dijo. Ya me dirán si no le debo agradecimiento a sus palabras. Gracias, John.

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Utrera, 13 de noviembre de 2013

Casa de la Cultura

Cada novela cuenta una historia, pero también se puede contar una historia sobre una novela.  Os voy a contar una historia real sobre esta novela, Aquel viernes de julio, de Manuel Machuca, que tengo el gran placer, esta noche, de presentar.

El agosto pasado estuve en Estados Unidos con mi familia.  Mi esposa sevillana, mis dos hijos pequeños y yo siempre viajamos muy ligeros a mi terruño, sabiendo que vamos a volver con el doble de las cosas con las que hemos ido.  Llevé el libro de Manuel conmigo, pues tenía ganas de leerlo desde hacía tiempo.  Quizás fuera miedo lo que me había impedido leerlo durante tanto tiempo – miedo a que no me gustara.  Me caía bien Manuel, y quería que su libro me cayera bien también, pero sabía que la posibilidad de eso era pequeña.   Es extremadamente difícil escribir una buena novela.  ¿Cómo podía ser que una persona tan ocupada en su farmacia y en su vida profesional como farmacéutico, dando clases y conferencias, con una reputación internacional, consiga – en su tiempo libre – lo que muchos autores escribiendo con plena dedicación no son capaces de hacer, al menos no con autoridad?  Estaba seguro de que, aunque me gustara la novela, no me iba a gustar tanto como para querer traerla de nuevo a Sevilla.   El espacio que ocupaba el libro en la ida lo ocuparía otra cosa en la vuelta.

Permitidme describiros dónde mi familia y yo nos quedamos cuando visitamos a mi país.  Es un pueblo pequeño llamado North Sutton.   Está cerca de Canadá, en el estado de Nueva Hampshire.    Más que rural, es silvestre.  Imaginad dos casas, la de mi hermano y la de mi madre, una apartada de la otra, ambas casi escondidas en cinco hectáreas de bosque.  Un riachuelo corre entre ellas.  Osos, alces y coyotes vagan libremente por la noche, y a veces durante el día.  Durante el invierno, la nieve cubre el suelo tres meses seguidos, pero en el verano el clima es caluroso, húmedo y exuberantemente verde.  Hay frutas del bosque por todas partes, ranas y tortugas y una infinidad de insectos de todos los tamaños.  Rebosa de vida tropical.  Dista mucho del calor seco y del jaleo de Sevilla.  A esta parte del mundo llevé la novela de Manuel, para dejarla allí para siempre.

Una noche húmeda, con los insectos repiqueteando contra la tela metálica de las ventanas abiertas, por fin la abrí, y después de un par de páginas, me transportó, me hizo cruzar de nuevo al Atlántico, de vuelta a la ciudad que estos días llamo mi casa, Sevilla. Pero a una Sevilla distinta, a Sevilla durante la Guerra Civil.  Una buena parte del libro tiene lugar en lo que es más o menos mi barrio, Amate, Nervión, Ciudad Jardín.  Ahora, por el libro, sé que en aquellos tiempos, aquella zona, salvo quizás Ciudad Jardín, la constituían principalmente grandes mansiones, huertas y campo abierto.  De repente, gracias a la novela de Manuel, viví aquella versión más antigua y revoltosa de Sevilla, y de mi barrio, con todos los sentidos. Conociendo además sevillanos, es decir, conociendo a sus personajes.  También me llevó al centro de la ciudad, y a la frescura de patios interiores, y a cárceles improvisados. Me hizo presenciara ejecuciones, querer mirar hacia otro lado.  Me costó creer que en la Sevilla que yo conocía y que reconocía en la novela, pudiera haber pasado por eso. Pero al final su libro me lo hizo creer totalmente.  Aún más importante,  me hizo ver cómo algunos sevillanos podían sobrevivir y otros no, y el por qué.

No voy a intentar meteros en el ambiente y argumento del libro; Manuel hace esto siempre con autoridad y elegancia.  Baste decir que, gracias a la intensidad, las imágenes y la destreza del libro, yo podía, durante mis vacaciones, vivir simultáneamente en dos mundos, dos mundos radicalmente diferentes: North Sutton, New Hampshire durante el verano de 2013; y Sevilla durante la Guerra Civil. Y aunque vivía uno en la vida real y en el tiempo real,  y el otro sólo lo vivía en la imaginación, no puedo decir que el primero acabara siendo más vívido.  Eso es un logro enorme para un novelista.   Manuel no sólo no me decepcionó,  sino que me impresionó. Tanto, que aquí está la novela. La traje de nuevo a Sevilla.  Había cientos de libros, grandes libros, libros en mi lengua madre, que podría haber traído en su lugar, pero quería este.   Ha ganado un puesto permanente en mi biblioteca personal.  Os apuesto a que también gana uno igual en la vuestra también.

 

ESCRIBIR SE ESCAPA DE LAS MANOS

RELATORASEl viernes 7 de junio participé en una presentación de mi novela Aquel viernes de julio en la librería sevillana Relatoras. Relatoras es una interesantísima apuesta por la creación literaria realizada por mujeres. Situada en la calle Relator, entre la Plaza del Pumarejo y la Alameda, está en el corazón de la Sevilla cultural que apuesta por otra Sevilla, tan diferente de la que malvive asfixiada por sus tópicos, cual muerta en vida. Los barrios de la zona norte de Sevilla demuestran que hay una cultura viva en la ciudad, rompedora y abierta al mundo, como fue en su día esa otra moribunda y ensimismada, melancólica de un pasado que ya es solo eso, y que cuando fue, era todo lo contrario a lo que hoy representa.

El escenario en el que se ubica la librería es muy especial para mí, ya que por la esquina de la calle huía Rosario, perseguida por Borja Quincoces desde el Mercado de la calle Feria, en una de las escenas de la novela, y porque muy cerca, en el Palacio de los Marqueses de la Algaba, tuvo su presentación multitudinaria, ante unas trescientas personas, el día 16 de noviembre.

La presentación se enfocó en torno a los personajes femeninos de la novela. Introdujo Raquel Campuzano, a la que considero mi editora y con la que continuó trabajando con la próxima novela. Raquel me presentó de forma extraordinaria en Huelva unos meses atrás y quizás hasta se superase en Relatoras. Qué más puedo decir. Se nota que quiere a la novela, la siente suya también y es capaz de desbrozarla, descuartizarla y volverla a recomponer, darle la vuelta…En fin, todo número circense que se nos pudiera ocurrir sería capaz ella de realizarlo sin dificultad.

El debate sobre la novela resultó de lo más interesante. Analizamos la personalidad de Chari, de doña Amalia, de Mercedes y Lolita, de Josefina, de la pequeña Aurora. Discutimos sobre la cuestión de género y la social que conforman la esencia de la novela. Se resaltó la libertad de Chari al ser lo que era y su coherencia con la vida que le había tocado vivir. Se habló de los orígenes de la prostitución en la desigualdad social, a la que probablemente se vio abocada Chari, pero también la causada por la desigualdad de género, en la que estaban inmersas las mujeres de alta sociedad representadas por doña Amalia Alvear, y las niñas Villarrasa.

Estuvimos de acuerdo en que solo el doctor Inchausti ama de verdad, con amor entregado y sin un interés oculto. Las desigualdades social y de género también caían sobre él, causadas por esa homosexualidad imposible de vivir de manera libre en aquel entonces, y por el hecho de que solo sus estudios de medicina podían conferirle el papel de instrumento útil al servicio de la aristocracia sevillana.

Las aportaciones de las lectoras que allí concurrieron fueron de lo más interesante, y me hizo ver varias cosas que debo reseñar. Quizás diga lo mismo en todos los apartados, pero necesito contarlo de diversas formas:

a)      Una novela deja de ser del escritor en el momento en el que se publica: lo tenía claro antes y lo defiendo más ahora. Los matices, interpretaciones, en definitiva, la riqueza que adquiere una obra con el análisis particular de cada cual que se acerca a ella sería imposible de conseguir de otra forma y es una fuente de aprendizaje imprescindible para el escritor.

b)      Escribir se escapa de las manos. Escribir no solo es teclear, contar una historia bien argumentada de una forma creíble y coherente. Escribir tiene consecuencias que van mucho más allá de la historia contada. Se aprende mucho más de los personajes dibujados por uno mismo después de la publicación de la novela. Hasta el punto de que la opinión del autor es una más, y no necesariamente la más autorizada, para hacer un análisis de ellos. ¿Habrá algo más maravilloso que esto?

c)      No se puede escribir para uno mismo: o al menos, es un tremendo error, porque una novela se escribe para lectores, porque la compran y hacen ganar un dinerillo a toda la cadena implicada, pero sobre todo porque es una fuente de riqueza infinita. Por eso entiendo que ha sido un gran acierto caracterizar a los personajes a través de los diálogos, enseñar cómo son a través de lo que dicen, para que así una novela se convierta en muchas, en tantas como lectores puede tener.

d)      Y finalmente, una novela no es un artículo que se pueda comprar al peso. Con una prosa y una trama sencillas se puede construir una historia muy compleja, porque uno de los aspectos esenciales de dicha complejidad es la que aportan unos personajes imperfectos, capaces de lo mejor y lo peor y por ello tremendamente humanos. No hay complejidad sin personajes complejos; lo demás es un embrollo.

 Estoy feliz y creo que se me nota. Cuando terminé la novela me di cuenta de que esto no era un huevo que se echara a freír. Siete meses después, casi me da risa esa reflexión. Porque esto tiene tela, marinera.