MIRANDO AL ESTE

Hoy hace cinco años que comenzó mi modesta carrera literaria, con la presentación en el Palacio de los Marqueses de la Algaba de mi primera novela, Aquel viernes de julio. Llovía, como no podía ser menos en algo en lo que me estrenaba. El día de mi nacimiento tronaba, y así ha sido siempre que he decidido dar una vuelta de tuerca en mi vida y regresar a la casilla de salida.

Tiempo atrás de aquel 16 de noviembre de 2012, me había dado cuenta de que en mi profesión ya había hecho lo que tenía que hacer, que ese mundo gris y plomizo me era cada vez más ajeno, y que debía reorientar mi creatividad hacia otros frentes en los que pudiera continuar aprendiendo sobre la vida. La literatura fue el camino que elegí, un camino en el que la compañía es saludable pero no necesaria, y que me ha permitido seguir creciendo. Y, curiosidades que te encuentras, ha dado más profundidad a mi trabajo profesional, del que obviamente no me he podido separar, debido sobre todo a que Cincuenta sombras de Grey no se me ocurrió a mí, sino a otra persona.

En un día así, recuerdo a muchas personas. En primer lugar, a Concha Caballero, la mejor madrina que un autor neófito y madurito podría tener. No se me olvida aquel día en el que Eugenia y Curro me acompañaron a su casa a llevarle la novela y pedirle que me la presentara. Si creo que Andalucía está en la indigencia política se debe, sobre todo, a que personas como Concha no tuvieron en vida el reconocimiento que mereció. Así nos va.

Tampoco puedo olvidar a mis editores. Ruth, Ismael y Manuel, las cabezas visibles de Anantes, se lanzaron también desde ese trampolín bajo el que desconocíamos si había agua suficiente. Lo hicimos juntos y comprobamos que agua había, un océano entero que podríamos ir descubriendo sin miedo. Repetí dos veces más con ellos, y tengo el orgullo de formar parte de un catálogo del que cada vez más y mejores autores forman parte.

No puedo dejar atrás a alguien como Raquel Campuzano, compañera en mis dos primeras novelas, que tanto hizo por mí y porque las historias que tenía en la cabeza, algún pájaro guacamayo incluido, pudiera trasladarlas al papel de la mejor forma que mi escaso talento hacía posible. Y a Eduardo Jordá, maestro y amigo, que me hizo ver que elegir este camino podría merecer la pena.

Un día como hoy, tan propicio para detenerse a reflexionar sobre lo vivido, me siento realmente feliz, de los aciertos y de las equivocaciones cometidas, de las personas que me he encontrado en el camino y de lo saludable que es, aunque pueda ser doloroso, volver de vez en cuando a la casilla de salida.

Yo nací en el sur de la ciudad, y mis mudanzas me llevaron después al norte, más tarde al oeste y ahora al este, pero para trabajar siempre tuve que ir hacia allá donde sale el sol. Doy gracias a la vida por ponerme el amanecer siempre como dirección a la que conducir mi vida cada día. Cada día es para mí un momento para comenzar de nuevo, un tiempo en el que vencer las tinieblas de la noche, un norte que está en el este, un lugar hacia el que dirigirme y en el que confiar cuando se anticipan vientos de cambio.

Ahora tocan cruces de caminos. No importa que elija el camino equivocado si no dejo de andar. Y siempre podré mirar el sol para comenzar de nuevo.