GONZÁLEZ EL TELEGRAFISTA, ERA MI ABUELO

Gabriel González Pérez era el padre de mi madre. Conoció a mi abuela Matilde siendo policía, en la Exposición Iberoamericana de 1929. Mi abuela trabajaba en el Pabellón Vasco, que hoy día se conoce como tal, y es parte del complejo hospitalario Virgen del Rocío.

En julio de 1936 trabajaba como telegrafista en una comisaría de policía que había en la calle Monsalves. Recuerdo que me contaba, cuando era niño, que estuvo telegrafiando a sus superiores en Madrid lo que pasaba en Sevilla, hasta que se lo pudieron impedir. En ese momento no pasó nada, pero días más tarde sí que pasó. Muchos detenidos se hacinaban en la comisaría, sin comida ni bebida. Aquello indignaba a mi abuelo, pero no podía hacer nada. De repente, una detenida comenzó a  sentirse mal y mi abuelo la pasó a su cuarto de baño particular, que estaba junto a la sala desde donde telegrafiaba. Aquello fue su perdición, porque quienes sospechaban de él lo acusaron de connivencia con el enemigo. Lo detuvieron y se lo llevaron.

Contaba que le condenaron a muerte, pero que sus amistades lo salvaron de morir en una de las tapias agujereadas que había en Sevilla por aquel entonces. No sé si realmente aquello fue así, pero de lo que no se libró fue de ser expulsado de la policía.

Pasaron hambre. En las madres junto a sus hijos esperando algo de comida, junto al Convento de Santa Isabel, está la imagen de mi madre y mi abuela, que hicieron esa cola muchos días.

Años después, le ofrecieron reingresar en un destierro, en Lérida o las canarias. Como Lérida estaba completamente destruida, aceptó irse a Canarias, donde vivieron unos años antes de poder regresar a Sevilla.

Siempre renegó de Franco. Cuando pasaba en el tranvía junto a la cruz homenaje a los caídos por la patria que había en las murallas del Alcázar, era el único de los pasajeros que se negaba a hacer el saludo fascista.

Republicano siempre, poco antes de morir se hizo monárquico, o mejor dicho, Juan carlista, por lo del golpe de estado del 23-F. Murió poco después, cuando se cayó corriendo detrás de un autobús que le iba a llevar a casa de mi madre a almorzar. Las complicaciones posteriores se llevaron a González, el telegrafista.

LA DOCUMENTACIÓN HISTÓRICA EN AQUEL VIERNES DE JULIO

“Aquel viernes de julio” es una novela de ficción. Borja Quincoces, Lalo Falcón, Chari,  el doctor Inchausti, Baldomero, Luis Tellería, la familia Villarrasa y demás personajes, son fruto de la imaginación del autor. No obstante, sí que se realizó una extensa documentación histórica para dar credibilidad a la narración.

La primera fuente de información ha sido la entrevista con personas testigos de los hechos. Se organizaron tres meriendas con pacientes de la Unidad de Optimización de la Farmacoterapia en la que el autor ejerce profesionalmente. Estas entrevistas fueron grabadas, previa autorización de los asistentes, para recoger testimonios de aquellos tiempos. Ni qué decir tiene la emoción de aquellas narraciones, que además supusieron sin duda, contraer una deuda moral con los que acudieron para, de alguna forma, ofrecerles un pequeño homenaje a sus memorias, aunque fuese en forma de ficción. También han colaborado empleados de algunos de los lugares que hoy aún existen y que aparecen

La segunda fuente más importante fuela lectura. Muy importante ha sido la excelente hemeroteca de ABC de Sevilla en Internet: www.hemeroteca.abcdesevilla.es . Este periódico tiene todas sus ediciones originales en su página web. Gracias a ello, los personajes de la novela pudieron leer las noticias de forma fidedigna, con el lenguaje auténtico en el que se publicaba en aquella época.

De Internet se obtuvieron otras informaciones, como el calendario lunar de aquella época, que se consultó en www.tutiempo.net/luna/fases.htm , página en la que con solo poner el día, dice cómo erala luna. Por cierto, la guerra civil comenzó un sábado de luna llena.

Los horarios en los que suceden las acciones han sido tenidos en cuenta de acuerdo a los que existían por aquel tiempo, en el que se acomodaba al solar. Por tanto, en una novela que se desarrolla en verano, hay una diferencia de dos horas respecto al horario actual en esa estación.

En cuanto a los libros consultados, el fantástico libro Del golpe militar a la guerra civil. Sevilla 1936, escrito porJuan Ortiz Villalba, y del que reclamo una urgente reedición, fue una pieza básica, así como las conversaciones con el autor, que aportó muchos consejos y evitó no pocas meteduras de pata.

Los libros de Nicolás Salas Morir en Sevilla, así como La guerra civil en Sevilla, también han servido para estudiar aquella época difícil, así como otras obras históricas y colecciones fotográficas que reviven esos tiempos.

Otra lectura que ha sido esencial a la hora de escenificar la atmósfera de esos años, fue A sangre y fuego, del extraordinario periodista sevillano,Manuel Chaves Nogales, hoy recuperada su obra gracias al ingente trabajo investigador de María Isabel Cintas.

Para saber plasmar tiempos de cambio, fue de mucha utilidad, la lectura de Romanticismo, de Manuel Longares, gracias a los consejos de mi maestra Raquel Campuzano en Taller de Palabras www.tallerdepalabras.com.

Se ha tenido en cuenta el callejero de la ciudad como era en aquel momento, los edificios principales, los bares de la época, en especial aquel Bar El Sport, cuyo legendario azulejo ilustra la preciosa portada realizada por los diseñadores de la editorial Anantes.Lafinca de Las Carrascas no existe, al menos donde el autor la localiza, y se inspiró en otras casas del Aljarafe sevillano para tratar de plasmar una hacienda dedicada al olivar.

Muchos personajes secundarios o nombres que aparecen, son muchos verdaderos y extraídos de los libros anteriormente citados. No obstante, las secuencias que protagonizan, tal y como se describen, corresponden a la imaginación del autor.

LA MEMORIA PERDIDA DE NUESTROS MAYORES

Durante las legislaturas en las que gobernó Zapatero en España, entre 2004 y finales de 2011, surgió la demanda de recuperar la memoria histórica sobre la guerra civil española. Probablemente mal explicada, pero sobre todo, muy mal asimilada por la facción más conservadora del país, la memoria histórica se quedó a medias. Se acusaba a los que la defendían de querer ganar una guerra que perdieron, y se les conminaba a que había que olvidar el pasado, enterrarlo nuevamente.

Cuando comencé a recopilar información para escribir la novela, me entrevisté con mucha gente que había vivido aquellos días terribles. Me di cuenta del empobrecimiento que nos va a producir desconocer la historia vivida por nuestros mayores. Es más, sin importar la ideología de quien la contase. Como país, o como estado, es una tragedia. No me refiero ahora a recuperar los restos de tantas personas enterradas en fosas comunes, la historia trágica e injusta de mujeres y hombres víctimas del odio que produce la desesperación y el miedo. Que de eso también habría que decir mucho.

De lo que ahora quiero hablar es de esos niños de la guerra, que hoy tienen, los que aún viven, más de ochenta años, que están muriendo por causas ya de su edad, y que se llevarán a su tumba muchas historias cuyo conocimiento nos ayudaría a no repetir errores pasados, a hacernos más humanos, a pedirnos perdón por el mal que cada cual pudo causar. En lugar de aprender para no volver a caer en los mismos errores, seguimos optando por esconderlos bajo las alfombras.

Conversar con Lourdes, Eduardo, Rosario, Pepe, María, con tanta gente, me hizo conocer una parte de la historia, que conservo grabada, de lo que pasó. Aquellas tertulias que organizamos, en lugar de causar dolor, les produjo liberación, al poder interiorizar, racionalizar expresar, las duras vivencias que tuvieron aquellos años.

 Conversando con mi madre, próxima también a cumplir los ochenta, sobre esas vivencias, se produjo la sorpresa de que ella también quería hablar. Mi madre me contó muchas cosas que ella había vivido y que hasta ahora se había resistido a recordar, por el daño que le producía. Creo que aquello también la liberó de alguna forma, igual que a las otras personas. Con mi suegra pasó algo parecido. Estamos perdiendo la memoria de una generación irrepetible, que todavía estamos a tiempo de rescatar, aunque sea ya solo de una forma parcial.

La generación que nació en los años 30 del siglo pasado sufrió en directo ser niños de una guerra, y luego, los que sobrevivieron y no tuvieron que exiliarse, padecieron una dictadura de cuarenta años. Esta gente, después de haber visto morir a familiares, vecinos, de conocer el miedo, que aún tenían, a expresarse en libertad, levantó España en los años 60, y en su plena madurez, ayudó a que se transitara en paz hacia la democracia.

Esa generación que sufrió esa amputación de la esperanza que significó el atraso de una dictadura, se dejó la piel para buscar un futuro diferente para nosotros, sus hijos. Unos hijos que hemos vivido la opulencia de la cigarra, y que ahora los estamos dejando morir sin sanar su silencio y echando a perder sus conquistas. Unas conquistas duras, que se construyeron en ausencia de libertad y que hoy nosotros, sus hijos, nos empeñamos en destrozar. Precisamente por no haber asimilado el aprendizaje de que en una guerra todos somos vencidos.

DE QUÉ VA LA NOVELA

“Aquel viernes de julio” es una novela que tiene muchas historias dentro. Puedes pensar que es una novela sobre la guerra civil en Sevilla, y no te faltará la razón. Este suceso tan desgraciado es poco conocido. Mucha gente piensa que en Sevilla el ejército golpista se impuso desde el principio y ya está. Pero poca gente sabe de la heroicidad de muchas personase que combatieron el orden impuesto. Los maquis sevillanos que no se tiraron al monte, porque Sevilla está en un valle, pero que lucharon con todas sus fuerzas, por defender sus ideas y el veredicto que dieron las urnas apenas unos meses antes.

Pero esta novela, que se enmarca en la guerra civil, es sobre todo la historia de una búsqueda. La búsqueda de Rosario en una ciudad en guerra es la búsqueda interior de Borja Quincoces. La guerra es el detonante de la necesidad que tiene el personaje de encontrarse a sí mismo, su lugar en el mundo, una vida propia que no es la que sus padres quisieron darle. Borja lucha contra el destino que su clase social, su familia, le tiene preparado, sin posibilidad de elegir, y se rebela contra eso.

La vida es muy estrecha en un entorno con desigualdades sociales enormes como las que había en la España de 1936. La España rica, minoritaria y excluyente, vivía su propio mundo, ajena a lo que sucedía apenas unas calles más allá de sus dominios; la España pobre, tan numerosa, y aún más en la Andalucía latifundista, se desparramaba por los barrios y las chabolas, sin oportunidades para salir adelante. La República fue la oportunidad de cambiar el destino de tanta gente. Pero unos militares acostumbrados a revueltas y pronunciamientos, como método rápido de ascenso en el escalafón, no lo permitieron.

“Aquel viernes de julio” es una búsqueda. La que todos experimentamos en algún momento cuando la vida sacude y remueve los cimientos que creíamos sólidos. Por eso, la vas a sentir cercana. Todos tenemos algo de Borja Quincoces. Todos buscamos una Rosario que nos diga que la vida merece la pena vivirla.

LA NOVELA COMO PROCESO

Durante el camino de esta novela, desde que surge la idea hasta verla convertida en una realidad, han aparecido muchas personas que tienen su parte de responsabilidad en que por fin vea la luz. Desde Lourdesy Eduardo, que inspiraron la idea y provocaron que mi imaginación comenzase a volar, hasta Ruth e Ismael, mis editores en Anantes Cultural www.anantescultural.net , bastante gente ha colaborado en que “Aquel viernes de julio” se haya convertido en realidad.

Lourdes, Eduardo, Rosario, Pepe y algunos más, vinieron a las meriendas que organicé en la consulta, con la ayuda de Tere y Mari Carmen. Eduardo Jordá me corrigió un primer relato, en el que me dijo que ahí tenía una novela. Luego seguí recopilando información.

Me encontré con la sorpresa de que mi madre, al ver también que otras personas de su edad habían revelado sus recuerdos de aquellos infaustos tiempos, también quiso hablar. De esta forma pude enterarme de historias familiares que no sabía. La guerra civil y la dictadura había provocado a muchas personas miedo hasta a recordar.

Escribirla y darle forma ha sido una tarea ingente, y para ello he tenido la inmensa suerte de tener al lado a una magnífica profesora de literatura como es Raquel Campuzano en Taller de Palabras www.tallerdepalabras.com y unos maravillosos compañeros y mejores escritores y lectores críticos como Valeria Lorenzo y Juan de Dios Luna, que me dieron grandes ideas y evitaron otras que yo tenía, lo cual es de agradecer. Estructurar la novela, darle voz propia a los personajes, coherencia….no hubiera sido posible sin ellos.

Una vez finalizada, he de recordar a quienes leyeron el manuscrito y me aconsejaron mejoras, que aún pequeñas que fueran, han tenido una gran importancia. Los detalles en las novelas son muy importantes y marcanla diferencia. Poreso, no puedo olvidar los consejos de Albert Figueras, un escritor generoso donde los haya y que va a publicar Vitamina Efe, que será otro gran éxito editorial. El editor Ignacio García Alonso también me ayudó a pulir la historia y darle más fuerza a los personajes.

Y qué decir del entusiasmo de personas cercanas, como mi hermana Marina en primer lugar y tantos otros que siempre se interesaron porla novela. AnaGarcía, el granMariano Madurga, Lilia Francois, Diego Marro, Eugenia Gil o Curro Garrido. Y cómo no, a Concha Caballero, por aceptar presentarme la novela en sociedad.

Y finalmente, agradezco la valentía de mis editores, Ismael y Ruth, por embarcarse en esta aventura. Su primera novela y mi primera novela.

Decía Robert Louis Stevenson que lo mejor de un viaje no era a dónde se llegaba sino precisamente eso, el viaje. Hoy puedo decir que estoy totalmente de acuerdo. Y para un buen viaje, tener compañeros como los que he tenido cerca, ha sido un lujo inimaginable.

CÓMO COMENZÓ LA HISTORIA

Lourdes y Eduardo, dos viudos sevillanos de más de ochenta años, se encuentran en la farmacia. Hacía tiempo que no se veían, a pesar de que son vecinos del barrio de la Ciudad Jardín de Sevilla desde que nacieron. Se saludan con alegría y Eduardo le pregunta a Lourdes si se acuerda de la piscina que había en el barrio cuando eran niños. Era la época de la República. Los niños del barrio acudían a una piscina donde hoy se ubica un colegio público. La piscina tenía biblioteca y, al tiempo que se refrescaban, también a los niños los ponían a leer. Aquello se perdió después de la guerra civil y se abandonó. Allí vivió luego una familia, cuyo patriarca emorrachaba a su mujer para luego acostarse con su hija. Fue padre y abuelo a la vez. Pero eso es otra historia, a pesar de que algo cuento en la novela.

Lourdes y Eduardo comenzaron a hablarme de personajes e historias del barrio en aquellos tiempos, de las fiestas de los señoritos de Sevilla, propietarios de aquellos chalets de Nervión, como el Villa Marismas de la novela; de personajes que fabricaban jarrillos de lata, arreglaban paraguas o vendían pescado voceándolo por las calles.

Organicé varias meriendas en mi consulta, de esos héroes de más de ochenta años que sufrieron la guerra, luego el hambre y más tarde tuvieron fuerzas para levantar un país que nos estamos cargando los de nuestra generación.

La dedicatoria a Lourdes y a Eduardo de este libro es mi pequeño homenaje a esa memoria viva de nuestra tierra. Una memoria que se pierde irremisiblemente, porque los estamos dejando morir sin que nos puedan dar la fórmula mágica que ellos tienen. No solo para que aquella tragedia no se vuelva a repetir, sino para que sepamos afrontar con valentía tiempos difíciles que ellos como nadie, fueron capaces de superar. A Lourdes y a Eduardo. Con emoción, con respeto.Con veneración.

AQUEL VIERNES DE JULIO. SINOPSIS

 

Viernes 17 de julio de 1936. Borja Quincoces y Alvear, un joven de la alta burguesía sevillana, acude a una fiesta en las afueras de Sevilla. Allí se enamora de Rosario, una gitana del barrio de Triana, bailaora del cuadro flamenco contratado. Sin saberlo, esa noche cambiaría su vida por completo.

El día siguiente amanece con disparos y vehículos militares en la calle. La guerra civil ha estallado. Rosario ha huido a Triana y Borja se inquieta sobre lo que podría sucederle en un barrio que sufre el asedio implacable del general Queipo de Llano. A partir de ese momento, el joven inicia una búsqueda desesperada en una ciudad en la que los militares sublevados y sus afines inician la tarea de eliminación drástica de toda resistencia.

Conocer la otra realidad de su ciudad y la crueldad de los que hasta ese momento habían formado parte de su vida provocan una catarsis en Borja Quincoces, para el que la búsqueda de Rosario se convierte en una búsqueda de su propia identidad entre los escombros de un mundo en el que ya no es posible reconocerse.